Correr la calle

Claudia Villapun comparte una nueva historia, de esas que insipiran y motivan a ir por más, siempre. “La primera vez que gané una carrera me colgué del cuello de un amigo de la calle que me decía que yo no era capaz de correr si no tenía un arma apuntándome”.

Rastas. Cresta. Rulos. Su presencia llama la atención pese a su metro cincuenta. Su forma de correr también. Y su apodo. Animal, le dicen. Es paulista, medio fondista, una nena de 51 años que vive su infancia ahora, en la pista, en la calle, la misma que corrió para escaparle a su historia y hoy la encuentra de zapatillas y al trote. Su carrera deportiva, que parece salida de un guión, comenzó justamente con una película: viendo Carrozas de Fuego. Tapada con una frazada, sentada frente a la vidriera de un local, fue que decidió comenzar a correr, aunque no tenía ni ropa ni calzado y menos aún dinero para inscribirse en una carrera. Lo consiguió robando, ella y su pandilla con la que vivió durante años en Plaza de la República, en el corazón de San Pablo, Brasil.
Ana Luiza dos anjos Garcés creció en una plaza. Fue abandonada en una caja junto con su hermana melliza Ana María, en la puerta de una institución para menores. Allí vivió hasta que decidió marchar para convertirse en empleada doméstica con techo y comida, pero sin sueldo. Y un día, la encontró la calle. Se instaló allí a los 19 años. Robó, consumió drogas (desde pegamento hasta cocaína) y las vendió, se enfrentó con la policía. Se rapó y comenzó a vestirse como varón luego de un intento de violación. Hasta que se cruzó con la historia de los atletas británicos que soñaban con participar de los Juegos Olímpicos de 1924. El film, que ganó el Oscar a Mejor Película en 1981, fue su gran inspiración. Luchar contra las adversidades. “Vi esa imagen de los atletas corriendo por la playa y cuando me fui a dormir no pude quitarme la canción de la cabeza”, contó en una entrevista.
En aquella primera experiencia como atleta, aún viviendo en la calle, terminó última. Y estuvo cinco días sin caminar. “No sabía qué distancia tenía la carrera y no se terminaba nunca. Después, le regalé la medalla a los chicos de la plaza y robé una para mí”. Fueron 42 kilómetros. Su primera maratón. Pero la experiencia no la desalentó, sino todo lo contrario. Decidió presentarse en un centro médico para realizarse estudios médicos y tomó la decisión de alejarse de las drogas. “Pensé que podía seguir corriendo ya que siempre lograba escapar de la Policía”, fue su motivación. Su destino terminó de dar un giro cuando la grabaron de la televisión local y su historia llegó a oídos de Fausto Camunha, por aquellos años (1998) Secretario de Deportes del Estado de San Pablo. La llevó a un hogar de atletas, la llevó al médico (le diagnosticaron anemia y gusanos en el intestino) y debió comenzar un plan para dejar de fumar.

Su primer entrenador fue Wanderley Oliveira, famoso corredor y periodista, fundador de Corpore (Corredores Paulistas Reunidos). La obligó a dejar los malos hábitos y la comprometió a cumplir con los entrenamientos. “Y me entrené como un animal. Corrí contra todo: contra los prejuicios, la pena, la adicción. Sufrí con el rigor del deporte, pero valió la pena. Cada gota de sudor en la pista era mi gloria en la línea de meta”, relató años después. En la pista se ganó su apodo. Animal logró dos records brasileños, en 800 y 1.500 metros. En 2006, ganó el medio maratón en Santiago de Chile. En Buenos Aires, en el 2004, fue tercera en los 21k y ganó su categoría. Corrió 42k en New York, Osaka. Fue campeona master en 5.000 y 10.000 metros en Arequipa, Perú, en el 2012. Se quedó con los 21k de Two Oceans, en Ciudad del Cabo, Sudáfrica un año después. En su primera carrera dentro de los parques de Disney perdió la chance de terminar entre las primeras cuando entró al Magic Kingdom y uno de los personajes le estrechó su mano. “Me emocioné y las piernas me temblaron. Tardé un rato en volver a correr”, relató. Tiempo después tendría su revancha allí y también en Miami, con dos nuevos títulos.

Su historia no es sólo de Ana Luiza. Su historia ahora es la de muchos chicos paulistas que ella ayuda. No sólo por ser ejemplo sino porque a eso dedica parte de sus tiempo, cuando no está entrenando en Ibirapuera o compitiendo. Sigue viviendo en el Centro Olímpico, aquel al que se mudó cuando dejó de vagabundear por la ciudad. Cuenta con el apoyo de la Confederación Brasileña de Atletismo y cuenta con una beca para subsistir, además de los premios en efectivo que logra en los podios. Todo lo que aprendió en las calles, viviendo primero y corriendo después, hoy intenta convertirlo en enseñanza para otros.

“Corrí detrás de mis sueños. Siempre me han gustado mis pies. Ellos ya sabían qué camino tomar”.

Fuentes: Kamel, Estadao, WMA2013Porto Alegre, ESPN Brasil, Psiquiatría y Toxicodependencia (blog).

El audio completo, aquí

Esta nota se publicó originalmente en Hoy Corremos
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