Lo bueno de lesionarse

Carla Czudnowsky habla sobre los pros de lesionarse, visto desde el punto de vista de una persona que corre por placer y, muchas veces, termina obsesionándose con los entrenamientos, los tiempos, los registros personales. En general, la lesión obliga al corredor a parar y descansar, cosa que suele costar mucho. 

Los corredores solemos volvernos adictos a correr. Pero de vez en cuando una lesión nos pone en capilla y, créanme, nos conviene. Es nuestra única manera de parar.

Somos adictos a las sensaciones, por naturaleza. Cuando no corremos nos duele el cuerpo y estamos de mal humor. Necesitamos sentir la adrenalina, que las endorfinas y dopamina reboten en nuestro cuerpo haciéndonos cosquillas. Pero las adicciones y dependencias, aunque lícitas y sanas, nunca llevan a buen puerto.

Quienes amamos correr no podemos parar. Literalmente. En general nuestra personalidad es así, seguro en sus casas habrán escuchado miles de veces: “¿pero no podés parar un poco?”. La respuesta es fácil: NO. 

Y es lógico, correr es genial. Incluso sentimos que “somos eso que hacemos” y cuando no podemos hacerlo por un tiempo prolongado, andamos como boyando, somos como almitas en pena que no saben dónde ir.

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El tema es que a “los que no pueden parar” (como yo) solo nos para una pared que nos llevamos puesta, una piña… En general, por suerte, sólo es una lesión. El tema es que, a mi entender, existe cierta amenaza que pende sobre la cabeza de quienes no podemos parar. No una amenaza de muerte, sino una amenaza de infelicidad e insatisfacción. Yo se que algunos pensarán que una lesión es el fin del mundo, sin embargo quisiera compartirles mi experiencia, la del día que entendí que una lesión prolongada puede ser la oportunidad de redescubrir nuestra propia felicidad.

Cuando me rompí la cadera izquierda, en mi segunda fractura por stress a parar… como si fuera tan fácil…  Les juro que suena terrible, pero al menos podía caminar. Cuando me rompí la cadera derecha fueron 5 meses de muleta: el infierno en la tierra…o en mi casa. La cuestión es que ahora, al menos, podía caminar y eso hice.

Un domingo salí a caminar por el barrio. Bien chirusa y en zapatillas, disfrazada de señora, traté de reflexionar y ver qué sentía, sinceramente, si me transformaba nuevamente en una simple mortal, de esas que no corren 21 km y se sacan una foto sonriente en la línea de llegada.

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En mi paseo miraba las casas, la gente, las familias… es raro, pero cuando corro no reparo tanto en las personas ni en lo que pasa a mi alrededor. A lo mejor es importante hacer un alto, de vez en cuando, para ver qué nos está pasando y que le pasa a los demás. Pasar a una velocidad lo suficientemente baja como para mirar a los otros a los ojos, o recordar el color de sus zapatos.

Yo caminaba, avanzaba, a medida que disfrutaba del paisaje urbano, haciéndome preguntas de esas que parecen simples pero no lo son: ¿Qué quiero? ¿Qué más necesito? ¿Por qué siempre queremos más? ¿Por qué a veces se me hace tan difícil disfrutar “solo” de todo lo que tengo? ¿Me dará miedo convertirme en una señora de familia que disfruta de su amorosa vida? Es como si me aterrara la idea de ser desterrada del Olimpo, cual Diosa griega que se enamora de un ser terrenal. Si yo me enamoro de mi vida familiar…¿resultaría desterrada de la vida disipada y glamorosa que llevo? Si amo la vida casera, ¿empezaré a correr lento? ¿Qué estúpido y genial hechizo podría romper el amor?

…si ustedes piensan que con una simple caminata me contesté todo esto, están totalmente en pedo. Sin embargo, los patitos se me pusieron bastante en fila.

Para empezar y para mi sorpresa, no extrañé tanto correr y eso hizo que el tiempo que estuve parada pasara rápido. Para seguir, disfruté como nunca de mi familia. Volví a cocinar y me quedaba hasta tarde en la cama con los chicos que, como no me levantaba al alba para ponerme las zapatillas, dormían dos horas más. Desde entonces, al menos una vez a la semana, me obligo a quedarme por las mañanas.

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¡Ay, no! ¡¿Qué me está pasando?! ¿Soy yo la que escribe? Hola, Diosito, ¿estás ahí?, ¿estoy muerta?… ¿Me habrán envenenado?¿me habrán hecho un gualicho o un trabajo? ¡Nah! ¡No creo! Habrá sido una bruja buena, a la que le habré dado pena por inválida emocional, porque cuando corres muy fuerte, en las únicas sensaciones que pensás es en las físicas.

Corredores queridos, runners dementes, tengamos un poco de flexibilidad emocional y, cuando estemos parados por una lesión tratemos de pensar: “¿para qué nos está pasando ésto?”. Les juro que para algo nos sirve. Veamos el medio vaso lleno, hagamos esas cosas que no hacemos por entrenar, salgamos de noche, mimemos más y disfrutemos del tiempo de ocio. Reaprendamos a disfrutar otras cosas. Como en el jiu jitzu: usemos en nuestro favor la fuerza del “enemigo” y descubramos “lo bueno de lesionarse”

Esta nota fue publicada originariamente en carlaczudnowsky.com

El audio completo, aquí

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