Los 70KM de Paola en Patagonia Run

Los 70KM de Paola en Patagonia Run

Por Paola Castelvecchio

“Porque la noche fue hecha para soñar”. La idea de correr un ultra no se te pone en la cabeza de un día al otro. Comencé a correr en el cerro acercándome a sus senderos en distancias cortas, de 15 o 20km; y recuerdo muy bien el momento en el cual por primera vez realicé que a algún loco le dio por correr más que un maratón lanzando el concepto de ultra distancia.

Estaba de vacaciones en Corcega (Francia) con mi hermano y uno de nuestros trekking coincidió con una ultramaratón de montaña sobre las sendas del GR20 (circuito histórico de gran dificultad que recorre la isla de norte a sur), todavía me acuerdo de la sensación de desorientación que me generó la incapacidad de entender por qué, y de qué manera, alguien se aventuraría en una carrera de 60, 80 y 100 km en esos parajes tan inhóspitos.

Todo aquí tiene un proceso, naturalmente evolutivo. Bueno, hoy 4 años después, con tres carreras de 50km en el cuerpo, decido dar el gran salto y pasar a los 70km. Elijo tierra argentina para mi bautizo, elijo la Patagonia Run, confiando en los senderos dulces que rodean San Martin de los Andes. Todos me han hablado muy bien de esta carrera, además el verano pasado tuve la oportunidad de pasar por la ciudad ansiando explorar sus cerros aledaños con las zapatillas puestas.

Ahora aquí estoy: encajonada en un callejón de campo oscuro, mi mente en blanco, mi cuerpo ebrio de adrenalina… no se percibe el frío de la noche cordillerana: ¿qué se sentirá? ¿Como me tratará la noche? Le tengo mucho respeto porque nunca he corrido tanto tiempo por sus sombras y faltan por lo menos 4 horas antes que los primeros rayos del amanecer nos abran camino.

Largamos. Somos un tren de luz que se despliega en los bosques bajos. Nuestras luces frontales abren círculos de luz en el camino devolviendo el color que la noche le quitó. Todavía no se define el ritmo de carrera, todavía no nos repartimos en grupos según nuestro natural andar.

Los 70KM de Paola en Patagonia Run - Factor Running Mujer

Llegamos al primer punto de abastecimiento muy rápidamente y casi no paro para poder seguir el ritmo de un grupo de chicas que se mueve rápido y compacto. Nadie habla. Nadie. Y es raro, esperaba encontrar compañeras de camino con las cuales compartir dudas y temores pero no, aquí me parecen todos muy concentrados, reservados: cada uno vive la noche a su manera.

Punto de abastecimiento número dos. Se acerca el momento más frío de la noche, se prevén temperaturas de 5 grados bajo cero y la sensación térmica seguro caerá aun más al acercarnos a la primera cumbre, Cerro Colorado que nos espera con sus 1785 metros. Dejamos las luces de la base de vida a nuestra espalda, respiramos y condensamos nubes de plata que nos persiguen hasta la entrada al bosque.

Subo al máximo el nivel de luminosidad de mi lámpara frontal porque comienzo a quedarme sola, siento que el frío se está adueñando de mis manos y de mis brazos: enfoco mis pensamientos en lo tibio que está mi pecho y lo caliente que está mi espalda, el frío es una sensación, bombeo sangre a las manos que empuñan firme los bastones. Silencio. El bosque es un viejo cansado que yace bajo la cobija helada de la noche, pasamos en punta de pie para no despertarlo.

De a poco el sendero se empina y nuestros pasos se hacen más lentos pensando en el desnivel que nos espera; entramos en un mundo encantado, el single track se desplega en una oscuridad abierta, el viento ruidoso grita en nuestros oídos y hace que la adrenalina suba, pintando un escenario extremadamente salvaje. De repente las rocas se transforman en piedras preciosas, nuestros pasos crujientes sobre el suelo son cautelosos: el hielo cubre todo, endurece tierra y pasto mientras las piedras resplandecen como diamantes bajo el haz de nuestras luces. Nuestros pensamientos no resuenan en este mundo de hadas, el tiempo para… yo corro, corro cerro abajo, la cumbre ya está a mi espalda y ahora es tiempo de volar: los compañeros argentinos son muy prudentes en el descenso mientras yo los esquivo con mis pasos descarados.

Pronto me encuentro sola corriendo, en la oscuridad silenciosa más profunda que se pueda imaginar, en una paz completa con este entorno de hechizo y con los pensamientos fundidos con el sendero. Se me llenan los ojos de lágrimas porque me doy cuenta de la intensidad del momento, de la suerte que tengo de poder estar aquí, viviendo sobre mi piel todo esto – hasta que…OH! En menos de un segundo mi cerebro elabora la secuencia roca – hielo – tobillo – pasto: caigo ferozmente mientras un dolor punzante invade mi pierna izquierda, me encuentro tirada en el piso, rígida, en mis venas corre adrenalina, miedo, dolor, decepción, susto. Me esguince y al parecer duele. Miro arriba, pero por el sendero no se acerca nadie, este es asunto mío y en mis manos está la posible reversión de la situación: decido que es hora de levantarme, de volver a puntear los bastones y comenzar a bajar muy cautelosamente ya que el PAS Colorado (km 24) se ve brillando tenue en la distancia.

Cojeando, llego a la tan ansiada carpa médica, el doctor me observa sospechoso mientras tiritando de dolor, susto y frío me saco la zapatilla. Mi pie sigue intacto (descubriré una vez en Santiago que se trata de una lesión severa).
Doy las gracias a esa roca resbaladiza por parar mi furiosa ansiedad y llevarme hacia el verdadero sentido de mi carrera: ahora todo es más claro, límpido, el día está naciendo y el amanecer me abre las puertas del camino al cerro Quilanlahue. El bosque bajo entiende mi soledad y me acaricia con su despertar de plata: los vientos fríos se llevaron el miedo de la noche y tengo todo un día por delante para adentrarme en este paraíso. Me siento feliz, mi mente está concentrada en el momento, en lo que me rodea, en las montañas majestuosas que se abren frente a mis ojos: valles hermosos de verdes profundos, nubes juguetonas bailan entre cumbres nevadas.

Entre caminos blandos y subidas alucinantes llegamos a los 1600 metros, alcanzamos la cota nieve del último cerro que se interpone entre nosotros y la meta: la luz de la mañana es hielo líquido, nos congela la punta de la nariz envolviendo el pulcro paisaje con perfumes afónicos; ahora la bajada es blanda y el frió se aleja mientras nuestro respiro vuelve a su calma.

Estos paisajes me hacer perder la noción del tiempo pero el sol sugiere que ya estamos cerca de la tarde, ya estamos volviendo a San Martín y mi mente se enfoca en la meta… faltan ‘solamente’ 20km y siento como si fuesen 5. Si, las piernas están pesadas, la espalda una tabla de madera pero la vuelta por el mismo camino es una ventaja impresionante y ocupo mi mente en tratar de recordar cómo y cuándo pasé por ahí. Ahora, si debo ser sincera, estoy caminando rápido o casi arrastrando los pies… pero según mi cabeza hago los próximos 10 km a un ritmo de keniata, rodillas arriba sin pensar en el peso de mi cuerpo machucado.

Vuelta por el PAS Colorado, km 50: con una buena merienda sentada, relajada y conversada decido de enfrentar la planicie de los últimos 18km; estoy corriendo con la pura cabeza, no existen piernas, no existe dolor de tobillo, el braceo cansado y el movimiento mecánico de mis rodillas me llevan a la orilla del Lago Lacar: al verlo siento un poco de pena porque sé que todo esto tendrá un fin.

Mi cara se contrae en una expresión de rabia, reflejo de un cúmulo de energías que necesito canalizar porque son las últimas que me quedan: el resplandor de las aguas contrastante con la sombra soberana de los cerros nos abren los brazos frente a la bahía de San Martín, espejismo vibrante de nuestra hazaña. Ahora somos un grupo variado, hombres y mujeres de diferentes países y distancias: nos animamos mutuamente como si fuéramos nuestros propios arrieros, por las últimas implacables subidas y en el vuelo de las bajadas finales.

Últimos saltos, zigzagueo y derrapes por el sendero de tierra hasta que empalmamos un camino de asfalto donde me espera mi compañero de equipo Pato quien prometió llevarme los últimos metros hacia la ansiada meta: me acompaña unas cuantas cuadras respetando mi silencio, mis espacios y alentándome de manera muy delicada, cual de quien ya vivió todo esto.

Ya está, siento que todo se está acabando, estoy cruzando la meta de mi cuarto ultra, del mayor intento de distancia. Todo lo que siento son las ganas de seguir corriendo porque mis piernas no pueden parar. Cruzo el arco meta junto con otros corredores en un revoltijo de emociones densas que me cuesta descifrar: todo se acabó, llegué a la cumbre de sensaciones y sentidos; siento que el corazón me explota de energía, de pasión, de satisfacción.

¡Lo hice! Disfruté a fondo cada paso, cada vez que el bastón se hundía en la tierra y cada vez que mis pies buscaban un apoyo firme en la roca. Gracias Patagonia, me hiciste más grande.

Un abrazo gigante a mis compañeros de equipo de @STGOMRCo, al team @Zolkanoutdoors y a los amigos de @mungkunative.

 


Paola Castelvecchio - Staff Factor Running Mujer

 

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